Los trenes eternos.

Tengo la suerte de viajar mucho. Tengo la mala suerte de vivir en Murcia para ello. Seamos sinceros y partamos de la base de que residir en una esquina del país predispone a estar lejos de la gran mayoría del resto del territorio. Llegar a Barcelona son casi cuatro horas en avión sumando el traslado al aeropuerto de Alicante que suelo realizar en autobús. La otra opción es sobre ruedas. Sobre ruedas metálicas. Hoy escribo en marcha, es sábado por la tarde y vuelvo a casa en tren desde la Ciudad Condal, salí a las cinco y llegaré pasadas las doce de la noche. Vine en avión pero la mala combinación de horarios me obliga a esta opción para la vuelta. Voy literalmente dando tumbos en una locomotora que circula haciendo algunos tramos del trayecto marcha atrás. Siete horas y diez minutos de travesía a una media que supera por muy poco la velocidad de ochenta kilómetros por hora. Es una experiencia religiosa recorrer el archifamoso Corredor Mediterráneo a bordo de unos vagones que deben ser de mi quinta. Cafés a dos euros y menú de bocadillo a ocho. Sin enchufes, comida ni prensa aunque viajes en preferente y escuchando chirridos continuos (“sonido agudo, continuado y desagradable producido por algo que roza o que está mal engrasado” dice la RAE y clava mis sensaciones). Este Talgo para hasta en el último pueblo imaginable y si no hay pueblo paramos en medio de la nada para dejar paso a otro convoy que viene de frente, maravillas de la vía única. De wifi ni hablamos y hasta hace bien poco los revisores te miraban raro si les enseñabas un billete electrónico en la tablet: ¿Y cómo se pica esto? Eso sí, las vistas son preciosas desde los acantilados de Tarragona hasta la Vega Baja del Segura. Técnicamente ya será mañana cuando pise suelo murciano. Intento dormirme un poco hasta que la bandeja del asiento de delante me cae encima ruidosamente dejándome sin sueño y al borde del infarto. En el caso de Madrid tres cuartos de lo mismo, cuatro horas y pico sin cobertura mínima de móvil en la mayoría del recorrido. Últimamente intento que mis reuniones en la capital comiencen pasadas las diez y media de la mañana para poder ir y volver en el día, aunque ello suponga sumar más de nueve horas de traqueteo y llegar a casa destrozado. Qué paradójico resulta pegarse el madrugón y llegar por los pelos una eternidad más tarde. Al menos esos días no arrastro más equipaje que el portátil y puedo disfrutar de mi paseo en bici por unas calles de Murcia totalmente vacías cuando antes de las seis de la mañana me dirijo a la Estación del Carmen o rondando la media noche pedaleo de vuelta hacia mi cama.

 

Nacho Tomás – Un tuitero en papel
Artículo publicado en La Verdad de Murcia el 3 de Febrero de 2016

Volver a volar

Probablemente mientras tú leas esto yo esté de nuevo montado en un avión. Tras seis meses sin salir de un radio aproximado de cien kilómetros pongo rumbo a una importante reunión de trabajo aplazada eternamente para encarar todo un curso por delante. Cruzo dedos mientras enseño la tarjeta de embarque para entrar al aparato. La última vez que subí a uno fue el 7 de marzo, horas antes de que mi mundillo de reuniones, viajes, eventos, congresos y formaciones presenciales saltara por los aires. Como tantos otros.

Inicialmente pensé que me costaría mucho más estar tan quieto, aceptar el inevitable cambio, adaptar una buena parte del trabajo que realizaba presencialmente a la “nueva” situación online (aquel que se ha podido amoldar, otro ha muerto quizá para siempre). Incluso cuando otra buena parte de lo que diariamente desempeñábamos antes ya muchas personas era telemático hay otra pata, la comercial concretamente, que naufraga con la distancia social. Es como si fuera lo mismo, pero no. Difiere bastante.

Como curiosidad me he puesto a sacar un listado, que no cabe en las 400 palabras de la columna, de los lugares en los que principalmente por motivos laborales he estado (presencialmente, por si hace falta aclararlo) en los últimos años y mientras los enumero no dejan de visitarme recuerdos tanto geográficos como, especialmente, de las personas que allá conocí: ciudades de prácticamente todas las provincias españolas y otros veinte países de cuatro continentes.

No creo que en la media vida que me queda (siendo optimista) vuelva a visitar tantos lugares ni reunir tantas nuevas experiencias. O sí. Esta nueva normalidad a la que mientras no vuelvan a confinarnos tendremos que enfrentarnos nos puede traer alguna sorpresa como el desayuno en una caja de cartón entregado en la habitación en lugar de mi tan añorado buffet libre.

He perdido la cuenta de las horas que delante del ordenador, he tenido que cambiar hasta la silla del despacho, viajando continua y virtualmente a Skypes, Zooms y Teams en cientos de lugares sin moverme de casa. Es otro modo de viajar, eso sí. Ganando tiempo y ahorrando contaminación, pero perdiendo algo que mucha gente echa de menos, el tan necesario contacto personal. A ver cómo afecta esto a nuestros hijos.

Volvemos a volar (presencialmente, por si hace falta aclararlo) y es como si fuera lo mismo, pero no. Difiere bastante.

Nacho Tomás
HISTORIAS DE UN PUBLICISTA
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
23 de septiembre de 2020

La fuerza del grupo

Dicen que fue Confucio el que con “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar en tu vida” lanzó una perla en forma de frase a la que todos deberíamos orientar nuestra existencia y objetivos, mezclando vocación, pasión, profesión y misión en la vida, como un punto de fuga continuo.

Tengo la suerte de encontrarme hace tiempo en la búsqueda de ese lugar y creo estar cada día más cerca, si no ya dentro.

Pues esa maravilla de fusionar trabajo y placer ha tenido un nuevo capítulo estos días en Sierra Nevada, donde he compartido concentración deportiva con una tropa de triatletas de alto nivel liderados por mi hermano (Jorge Preparador) y con el patrocinio de N7, mi agencia de comunicación, publicidad y marketing online.

Grandioso mejunje.

El plan, sencillo y directo: entrenar como locos, algo de vida social (Covid-19 mediante) y ver el Tour de Francia (a última hora descartamos el viaje a Pirineos por motivos evidentes). Imagina qué curioso plan, compartir mismos objetivos deportivos que el grupo (homogeneidad) y congregar la variedad personal del mismo (heterogeneidad) en varios apartamentos de alta montaña con enormes terrazas donde hacer vida en común (con todas las medidas de seguridad, por supuesto) disfrutando del paraíso en la Tierra que es Pradollano y sus alrededores: interminables rutas en bici (Alpujarra incluida), senderismo por los techos de la península y hasta natación en un pantano. A solo 3 horas de Murcia puedes por la mañana pasar frío con ropa térmica de invierno y por la tarde chapotear con treinta grados en pleno verano.

No es la primera vez que desde aquí escribo sobre deporte, una maravilla que te permite conocer gente y lugares, te ayuda a gestionar mejor la carga laboral y además te mantiene en un estado de salud (física y mental) envidiable, algo especialmente valioso en estos convulsos tiempos. Algunas cosas son mejores en solitario, otras en grupo. La cantidad de cosas que he aprendido. Que ellos y la naturaleza me han enseñado.

En estas concentraciones sacas impulso de donde no sabes que existe, con horarios y procedimientos diferentes a los rutinarios, personas que conoces muy intensamente y te aportan el tan necesario “otro punto de vista”, sintiéndote parte de algo más grande que tú mismo, eso que desde la prehistoria llamaban tribu y a mí me gusta llamar grupo, el que aporta la fuerza.

La que, si nos ponemos serios, a todos nos sobra cuando hace falta.

Nacho Tomás
HISTORIAS DE UN PUBLICISTA
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
9 de septiembre de 2020


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La hora azul

Noche de San Juan, la más corta del año (con perdón y permiso del solsticio) y la más especial para los que en momentos concretos nos permitimos puntualísimas licencias mágicas entre nuestro habitual escepticismo. Era muy crío cuando pasó por mis manos “A Midsummer Night’s Dream” de Shakespeare como personaje teatral en el colegio, y quedó tatuada en mi hipotálamo la idea de la noche, lo efímero y lo inmediato, aunque en aquel momento no sabía la importancia que en mi vida iban a tener esos conceptos como dilemas científico-morales.

Pasan los años y como la metáfora aquella de ir al revés por la vida, pasando de niño a adulto y muy pronto recorrer el camino en sentido contrario, recibo el verano con los brazos cada vez más abiertos, con las ganas y el ansia de un periodo más necesario que nunca. El confinamiento como trampolín hacia un vacío que vamos rellenando con las experiencias estivales. Que dure, que nos lo ganemos, que lo sepamos disfrutar como esa recompensa merecida y saboreada, no como premio injusto y por tanto despreciado. Parece estar a algunos llegándonos la vejez antes de tiempo, ojalá “tornando indietro” pronto y situándonos de nuevo en la casilla de salida, esa que nos saltamos en un momento de querer avanzar más de lo preciso, pasemos confiados y saboreando cada paso revivido. Trabajando, descansando, de viaje o en casa, solo o acompañado. Llenos siempre.

Y entre tanto la hora azul, el mítico momento entre la puesta del sol y la oscuridad más absoluta, más larga que nunca en estos días, como recompensa diaria a las inclemencias del tiempo y del espacio, del sí pero no, del trabajo y el disfrute como diferencia vital entre las dos caras de nuestras vidas, la luz y la noche. El aquí y la desconexión. Ya llega. El allá y lo común. Los universos paralelos repletos de esos planes que nunca pudimos llevar a cabo. Apaguemos, es el momento. Encendámonos.

Un tramo que siempre mejora, añadas lo que le añadas, especial y recomendable si el aditivo es gente cercana, comida y bebida. Y que suene de fondo lo que sea, música, mar, campo o niños gritando. Porque cuando sucede es tan intenso que no se escucha nada. O nada que no deba ser escuchado, que puede ser lo mismo pero no.

Y con esto, me despido de vosotros un año más.

Ya no se verán las nubes, solo esta melancólica luz y algunos fantasmas.

Adiós Sol, hola Luna.

Espero encontraros de nuevo en septiembre.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
24 de junio de 2020

Lo que se cuece en Israel

Nuestro cerebro asocia un concepto exclusivo a las palabras que vamos aprendiendo desde la niñez, a las palabras que posteriormente leemos o escuchamos. Por eso a cada uno de los que ahora estáis leyéndome os acudirá a la mente algo distinto si escribo “Israel”, un espacio físico y psíquico donde resulta imposible separar religión, política e historia.

Estuve visitando este pequeño país (mismo tamaño que la Comunidad Valenciana y misma población que Andalucía) de la otra punta del Mediterráneo en un viaje de trabajo para conocer su ecosistema emprendedor, desconocido para muchos, entre ellos yo hasta ayer mismo. Y vaya la que tienen montada: un complejo entramado de gente inventando ideas con altísimo componente tecnológico, ingenieros poniéndolas en marcha, fondos de inversión para financiarlas y escaparates para mostrarlas al mundo y comenzar a monetizarlas, como por ejemplo el objetivo del viaje: OurCrowd Investor Summit, multitudinario evento con 39.000 profesionales de 183 países, con mención especial a la delegación murciana, un heterogéneo equipazo de grandes profesionales con los que tuve la suerte de coincidir. En temas de valores humanos, tenemos poco que envidiar a ningún país del mundo, oiga.

Cinco días en Tel-Aviv y Jerusalén con agenda de doce horas diarias para visitas conjuntas e individuales con empresas del sector que me ocupa, el marketing, explorando las posibilidades futuras de colaboración, ampliando y mejorando los servicios que ofrecemos a nuestros clientes en Murcia. Como me dijo un buen amigo: Israel está en el futuro y no sólo por tener una hora más en el reloj. La ciudad costera me trajo recuerdos mezclados de Barcelona y New York, rascacielos por todos lados, caos circulatorio, atascos monumentales y un paseo marítimo envidiable. Cristal y hormigón para alojar a miles de start-ups que levantan rondas de miles de millones al encontrar las soluciones exactas para los problemas concretos de este tinglado digital que nos desborda.

Luego nos dirigimos a la capital, con visita a la Universidad Hebrea (con un buen montón de Premios Nobel), a otras empresas potentes de la zona y presentación en directo de ideas locales en fases iniciales en las que pude comprobar que, como sucede en España, las tecnológicas saben mucho de lo suyo pero poco de branding, y qué falta les hace en ese mundo en el que muchas veces dependen de enamorar en dos minutos a un inversor para que les confíe su billetera. Nunca tendrás una segunda oportunidad de causar una primera impresión.

Dejo para el final el poco pero bien aprovechado tiempo de turismo que tuvimos sólo para decir que Jerusalén ha sido una de las ciudades que más me han impresionado. Y no voy precisamente corto de viajes.

Jerusalén te supera, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otro momento.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
19 de febrero de 2020

El destiempo

Extraña a menudo el comportamiento de la mente cuando asimila lugares, personas y cosas que de habitual pasarían desapercibidas, pero sin motivo aparente se transforman en momentos que quedarán imborrables en tu cerebro, donde, por cierto y más que te empeñes, se mantendrán a salvo apareciendo entre tus pensamientos, en mitad de cualquier otra situación alejada en tiempo y espacio, inesperada e inoportunamente.

Quizá el de arriba haya sido uno de los párrafos más largos que nunca haya escrito. La ocasión lo merecía y explicaré el motivo. Estaba en uno de estos paseos que realizo en los tiempos muertos de los viajes cuando decidí entrar al Museo del Prado. Era una tarde lluviosa y congelada de las que sabe dispensarte Madrid. En solitario, con ganas, el móvil en modo avión y el catálogo de obras maestras imprescindibles bajo el brazo me puse manos a la obra. Plano de salas y autores, encrucijada de pasillos, escaleras, esquinas y contraluces.

Como un abuelete, con las manos cogidas a la espalda, sin quitarme el abrigo y oyendo la mezcla de cuchicheos, pisadas y explicaciones de los guías me lancé como el que se tira de cabeza al mar desde unas rocas por primera vez. Y me sumergí en El Greco, Rubens, Tiziano, Goya, Velázquez, Zurbarán, Murillo, Sorolla, El Bosco, Durero, Rembrandt, Tiziano, Tintoretto y Caravaggio, los imprescindibles para una visita de dos horas, las que tenía muertas esa tarde y mejor he invertido en años. No soy experto en arte, ni falta que hace, para que una sensación como esta te pase totalmente por encima.

Sucedió hace mucho y, como esas otras sensaciones que desde décadas vienen a visitarnos, no capté en ese momento su importancia en mi yo interno. Ha hecho falta un poso en forma de tiempo para calar (horadar), aceptando que nuestra mente está muy por encima de nosotros. Porque estas sensaciones son las que te llevarás a la tumba y triunfarán a la muerte, con permiso de Brueghel el Viejo, con quien acabé la visita entre lágrimas y dolor de garganta. El cuadro que más importancia ha tenido en mi vida, colgado de mi adolescente habitación y forrando las carpetas de la universidad.

Me considero afortunado porque no es la primera vez que me pasa algo así, un Síndrome de Stendhal en toda regla. Y no siempre hace falta un museo, estas sensaciones místicas pueden suceder con una canción, una conversación mundana, en un bar de cañas, con la nota arrugada de aquel bolsillo, ese atardecer en el campo, una llamada o la minúscula iglesia oculta tras el tráfico atronador de cualquier ciudad. O puede ser el recuerdo de tu madre abrochándote el abrigo, una palabra precisa, una sonrisa perfecta.

Curioso cómo hay sensaciones en principio sencillas que se marcan a fuego y otras a las que otorgamos importancia queriendo fijarlas e inevitablemente se nos olvidan.

Por algo será, Nacho, por algo será. Le podríamos llamar destiempo.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
29 de enero de 2020

Tres y tres en NYC

Dice muy poco de nosotros como seres inteligentes el ritmo frenético y la rutina que nos hemos dejado imponer desde que salimos como quien dice del cascarón, nosotros solitos lo hemos permitido, más a lo bestia aún en los últimos años. Hasta ayer mismo teníamos que encender un mechero para poder mirar la hora de nuestros relojes de muñeca.

Dice menos aún de nosotros como animales racionales la imposibilidad de degustar los pequeños triunfos diarios, eclipsados por el mañana, el pronto, el ahora, el ya y el ayer. Observo a mi perro y aprendo de él más que de muchos humanos que han pasado sin pena ni gloria por mi vida. Yo mismo con mis agonías y estreses debo haber pasado igualmente por la vida de otros que han aprendido la lección antes que yo. Nunca es tarde para ser más necio que maestro. O viceversa.

¿Y por qué comienzas con esto, Nacho, si nos vas a contar hoy el viajazo que te has pegado a New York con tus hermanos? Pues porque es muy triste que tuviera que estar a punto de suceder una desgracia para decidir, por fin, llevarlo a cabo. Ya sabéis lo de Pablo. Una promesa entre nieblas mentales, una idea un poco loca, un equipo de la NFL, un “faltan huevos” con más cervezas de la cuenta y al lío. De la noche a la mañana seis manos coordinando los memorables momentos que pasamos la semana pasada en la Gran Manzana. Tú compra las entradas, él consigue alojamiento, yo me encargo de los vuelos. Tres días y tres hermanos.

Un viaje en el que sin acordarlo previamente nos dedicamos exclusivamente a saborear cada paso, deleitarnos con las vivencias, los olores, los sabores y cómo no, las majestuosas vistas que sólo Manhattan sabe ofrecer. Y lo bueno es que nos dimos cuenta los tres de que estábamos compartiendo no solo unos días de vacaciones, sino una sensación más profunda, de conexión, de tiempo real, de un momento irrepetible. Compartimos todo eso y una habitación triple que olía a tigre de bengala cada mañana. Sin duda ayudó a este estado de catarsis que mis hermanos sean unos absolutos fuera de serie, cada uno en lo suyo y ambos en lo personal.

Por el lado turístico, Times Square sigue siendo el centro del mundo, con su cara y su cruz totalmente contrapuestas en sólo 12 horas, el Puente de Brooklyn luce madera, los cinco barrios evolucionan, Central Park no tiene rival para correrse unos kilómetros, la Zona Cero impresiona tanto como siempre, desde Battery Park se divisa la Estatua de la Libertad, los Patriots arrollaron a los Jets, la panorámica desde el Top of the Rock mantiene su corte de respiración y la vida en general por aquellas tierras cuesta un puñetero riñón. Y además llueve cuando menos te lo esperas.

UN TUITERO EN PAPEL
Nacho Tomás
Twitter: @nachotomas
Artículo publicado en La Verdad de Murcia
6 de noviembre de 2019